Despertar sediento

Siempre has sido muy osada para inventarte historias, y eso es bueno. O bueno, es un arma de doble filo. Desde niño tuve problemas con dicho concepto. El de las armas de doble filo. A esa edad, era de los crios que se lo toman todo demasiado literal, y para mí, tan inexperto en muchas cosas, era algo harto gracioso el escuchar alegorías sobre la guerra dentro del discurso de gente que nunca había cogido un arma en sus manos, vamos, cogido en el sentido en que me habían enseñado en casa que se debían usar las armas.

Ideas que de momento no vendrían al caso sino fuese por el caos de relaciones palimsésticas de nuestros días. Serían entonces las dos primeras reglas de un largo código respecto de las armas de todo tipo, las que perforan, las que cortan, las que matan, las que despedazan y las más importantes, las que pluma en mano, lo pueden todo eso y más, sin derramar la sangre del otro, y a lo sumo, tan sólo la de uno. Si se las empuña es para usarlas. Si se las usa es para defender al que por si mismo no puede o en defensa de la propia vida.

Como fuese que haya sido, escuchaba esas construcciones y a mis ojos, que ahora pudieran ser los tuyos, venía una sola imagen: la de una raqueta de jugar al tenis. En el mundo que me rodeaba y que ciertamente no giraba en torno mío, sólo existía la raqueta como referente físico, esa necesidad de palpar la realidad que viene con la edad, y era para mí la raqueta lo mismo que para otros la gladia. De tal guisa que cuando tomaba la raqueta, afición que duró tan sólo ocho años, era como si blandiese una gladia pegando de revés cada que podía, para reafirmarme en la mente, el mentado sortilegio del arma de doble filo.

Era hermoso el sonido del golpe de esa pequeña esfera verde con la redecilla de la raqueta, era como enfrentar las ideas de un adversario adecuadamente armado con una red de convicciones. Una red de convicciones que debiera estar entretejida de tal forma que no se supiese demasiado tensa como para reventar al primer golpe, ni demasiado holgada que aceptase sin mas las propuestas indecorosas de la mediocridad. Y así, la redecilla estaría siempre firme para sostener el combate, no, no el combate sino el encuentro de ideas, y lo bastante flexible como para aceptar que el juego es aprender no devastar.

Después de unas cuantas derrotas cambió la imagen, o bueno, no cambió tanto, pues siempre implicaría los riesgos para quien blande el arma de doble filo; según el tamaño, de ser una gladia, o una idea chiquita, apenas una palabrita, podría uno cortarse el antebrazo al intentar un revés con la pequeñita esa de los romanos. Por otro lado, con un mandoble sería más difícil el herirse uno mismo, pero podría hacerlo de más con el otro, como con los silencios o las ausencias que de grandes, terminan por reventarlo todo; otro que al fin y al cabo es uno mismo, pero con un cuerpo propio que no es el de uno, o sea, otro igual de ciego y egoísta que uno pero también igual de frágil y de optimista.

En el principio de una de esas historias de tu novela mental, convertiste mis últimas palabras en una declaración formal de guerra, o de amor, que según leí no se donde, es a veces lo mismo y por lo tanto no debería hacerse; entonces, mientras avanzaba la historia, finalmente nos encontrábamos en la cueva del ermitaño, y veníamos cada uno con preguntas distintas, vos con cosas tan impronunciables que de privadas se me borraron de la memoria, y por mi parte pretendía indagar sobre una calificación, pues confundí al ermitaño con un catedrático de la facultad, e inconcientemente busqué su aprobación para mis propios laberintos, en lugar de pedir un poco de pan para el camino. Vos seguro que encontraste lo que buscabas, o quizás no, pues en todo caso, al poco rato de hacernos los tres, más el cuyo y el gorila, malabares en la cama por un poco de espacio para escuchar; salías ya por la puerta dejando detrás un sendero de flores, no se si para que te siguiese o para saber una vez más que ya has partido.

Al levantarme de la cama, ya solos los tres, el ermitaño y el gorila jugaron ajedrez, y es extraño pero creo que ganaba el gorila. Por mi parte recogí los cuadernillos que había llevado, llenos de apuntes y teorías que deseaba confirmar o refutar con nuestro anfitrión, y cual sería mi sorpresa al descubrir que cuando había cogido uno para dirigir las preguntas en el orden correcto, vos te habías paseado por las hojas de los otros, los que no estuviesen en mis manos, y tu huella yacía en ellos, esas flores que se te caen de los dedos y que van quedando atrapadas entre las páginas de los libros, de los cuadernos, de los diarios, de la tierra, de los árboles y de cuanta materia tocas. Por que vos toc-as, como cuando los platillos del jazz o del reggae de excitan y arrastran su baile contagiando ritmos a los cuerpos con su eco.

Con el ímpetu de quien se ha encontrado el tesoro más valioso, llámese la Verdad, el Amor, la Justicia o su Creador; me di a la tarea de recorrer cada página, y las flores se apartaban con la inercia del movimiento, para dejar a la vista tus comentarios a esas ideas. Olvidando al gorila con su juego, me apresuré a guardar todo de vuelta en el bolsón verdemarrón que ya parece, de constante, un apéndice de mi espalda. Con todo y el tiempo perdido, salí de la habitación para tratar de alcanzarte, pero era inútil. Sin embargo, tu rastro estaba fresco, y podría seguirlo como quien sigue a su nariz.

Poco a poco fui despertando de tu historia al sonido, al calor húmedo de esta tierra exótica, donde la selva y la mar y los cielos son todos del mismo color yash intenso; al juego de colores que se arremolinaban en la pradera que habías dejado tras de vos, y cuando ya no era sólo tu andar de flores, ni tu tacto de flores, ni tu mirar de colores brillantes como los pétalos de tus ideas, sino el aroma de tu paso por esta habitación, por el pasillo, la terraza, las libreras, el salón, la puerta del piso, el cubo del ascensor, desde Moras hasta Adolfo Prieto con todo y las soldaderas de la División del Norte; entonces, supe porque había despertado con tan buen humor y, con mucha, sed, de vos.

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Ofelia

Ofelia tiene manos tibias y sudorosas, las manos que se encuentran en mujeres ansiosas, en mujeres cuyos dientes se afilan mientras ellas duermen, maquinando las Odiseas y las Eneidas de mañana, mientras despiertas se rehúsan, y con razón, a ser protagonistas de la Iliada de un mengano, o de dos, según sea el caso. Mujeres cuyos ojos contradicen la primera impresión de una fulana nerviosa y tímida, para depositar la duda en el corazón del que se atreve a fondear esas honduras, esos golfos que se esconden entre cejas y nariz contemplando el cielo desde ventanas entornadas, para percibir mejor la belleza de los idiotas.

Así era Ofelia la tarde que abordó a Israel con una historia tan inverosímil que no podía ser sino cierta, una de esas desesperaciones que la atacaban por las tardes, tres veces por semana, cuando determinados factores místicos se conjugaban para hacerla sentir, entre otras cosas, que el mundo terminaría en final de rosas y campanas, con calaveras y monólogos y espejos de agua y ella ahogada en una charca fría y fangosa, por lo que era imperativo entablar una conversación con quien estuviese cerca, con cualquiera, pero con alguien que tuviese algo que decir, quien no temiese a abrir la boca ni los ojos ante una extraña, e Israel tenía esa imagen de tipo que no puede quedarse cayado una vez que empieza a hablar.

Israel era la contradicción andando desde su mismo nombre, una broma de mal gusto que le jugaron sus progenitores para dejarle claro que la vida no mima a nadie, y así, él tipo va por el camino con el nombre de Federico Israel y sus amigos le llaman Vagana, un juego de transliteraciones debido a su fascinación con la Fuerzas de Defensa del Estado de Israel. Israel tenía por sus padres, y otras razones, un serio problema de identidad y por tanto de personalidad, era incapaz de hablar acerca de si mismo o de las cosas que realmente le quitaban el sueño a las tres de la mañana, después de levantarse a orinar, y por el contrario, hablaría de cualquier tema que le presentase su interlocutor, desarrollando cuanta posibilidad hubiese por explorar en el discurso, él podría andar por todos los caminos al mismo tiempo en su mente y seleccionar, como autómata, aquellos que fuesen mejor comprendidos por la victima de sus monólogos. Israel era las más de las veces un conversador condescendiente.

Desde el principio fueron evidentes las diferencias entre Ofelia e Israel, y lo único que les podría unir sería el mantener vivas sus respectivas neurosis e histerias. Ella bebía café estilo americano sin azúcar y fumaba cigarrillos rubios ligeros. Él por su parte apuraba expresos cortos y hacía desaparecer en el aire Luckies rojos de domingo a jueves y Populares negros los viernes antes del shabbath. Para Ofelia todo era baile, y las danzas de cortejo la excitaban más que las promesas de amores eternos y finales felices, por lo que la cacería que evidentemente estaba dando comienzo, la llenaba de energías para el resto de la semana.

Israel estaba a punto de entrar a una clase y no podía continuar con el ritual por mucho tiempo, por lo que descartó presentaciones de flores y fue directo al grano.

“¿Te bebes un café conmigo y aprovechamos tu arrebato de iniciativa, o me abordaste para quitarte una duda?”

Ella sonrientemente cínica respondió.

“Ambos y sobre todo para saber sobre mi tío, pero esto ha resultado más interesante de lo que habría esperado, ¿Por qué no me das tus datos para llamarte y salir el sábado?”

“No te los doy por dos razones, primero por que no puedo dedicarte el sábado, y segundo por que los únicos dos datos que te daría son muy vagos como para quedar para algo, pues no uso teléfonos ni compuratonas a menos que sea necesario, así que mejor nos bebemos ese café y quedamos para un concierto el domingo.”

Israel no esperaba que ella aceptase, pero Ofelia era del tipo de seres humanos que da sorpresas más allá de todo pronóstico.

“Bien.” Dijo ella. “Sólo quiero aclarar que esto es puro esportivismo.”

“Prácticas de tiro.”

Repuso Israel mientras terminaba de guardar sus libros, la bombilla, el mate y el termo en el maletín de cuero que le heredara su padre diez años atrás.

“¿Practicas de tiro? No, esportivismo.” Reviró Ofelia con aire de quien se medita una guerra preventiva. “Yo no me tiro a intelectuales, siempre la tienen pequeña, se les desarrolla la otra cabeza y no la que a mi me interesa, al menos para eso.”

Israel no sabía si reír o demostrar que acababa de ser intimidado. Optó por lo segundo.

“Conozco una historia bastante relacionada con tu comentario, pero sería mas un escape a la incomodidad, en busca de cordialidad, que una verdadera defensa por lo que optaré por una omisión más honorable.”

Y encendió un cigarrillo, el último del paquete, guardó la basura en su maletín y comenzó a caminar, a lo que ella secundó encendiendo uno de sus Marlboro Light mientras caminaba a su lado. Después de la pausa continuó Israel con su monólogo.  “Refugiándome en el silencio del tabaco.”

“Ja. ¿Lo ves? ¡Intelectual y medio! A ver, antes de que se me olvide, aquí está mi número de la casa y mi correo, para no confiar en los encuentros fortuitos.”

Las carcajadas de Ofelia y el detenerse en seco a recibir el pedazo de papel con la información, provocaron que Israel perdiese el paso y rodase por las gradas de la plaza hasta acomodarse en el piso, donde una vez repuesto del ridículo, no sabía que le dolía más, si el orgullo o la rodilla mala.

“Pero si no es para tanto señor, sólo era una broma, muy sincera, pero pues eso, una broma. A ver, ¿te rompiste algo?”

“Na. Sólo el amor propio, pero se pega con cafeína. Por un momento me recordaste a alguien.”

Guardaron silencio por unos minutos mientras caminaban hacia la cafetería de la facultad más cercana, la de diseño. Él se sobaba el codo mientras se hacia las cuentas en la mente para calcular cuanto estaba dispuesto a invertir en una extraña, mientras ella se incomodaba, como casi siempre, con un silencio muy prolongado entre dos que evidentemente tienen mucho que decirse, y a punto de entrar al edificio, ella reanudó la charla con un bayonetazo.

“¿Una ex de la que no has sanado?”

Israel sintió el impacto en la privacidad, pero descubrió también una forma de devolverle el favor por la caída y las carcajadas.

“Nop, una gata que solía tener mi hermana y que siempre se las arreglaba para hacerme pasar malos ratos.”

Ofelia trago saliva. No se esperaba un comentario tan agresivo en respuesta a su pregunta, pero reconoció que se lo había ganado con el chascarrillo fálico, por lo que atenuó el tono y emprendió un conato de retirada.

“Si quieres me voy y lo dejamos para otro día, o por la paz.”

“No, por que entonces no podría contarte lo que le paso a Búfalo.”

“¿Qué Búfalo? o mejor dicho ¿Quién es Búfalo?”

“Ves, ahora no te puedes ir, o nunca sabrás lo que le paso a Búfalo.”

A Ofelia le agradó que Israel compartiese veladamente su interés por el que ella permaneciese un rato más, por corto que fuese, ya que ambos tenían asuntos pendientes que atender. Pero era agradable que alguien jugase con las palabras y los mensajes cifrados bajo una tarde soleada. Había estado lloviendo por semanas, y no era sensato despreciar una tarde soleada y apacible. Pero fiel a su carácter, Ofelia tenía que seguir con su anterior línea de pensamiento, por lo que reparo en un detalle que le había llamado mucho la atención.

“Me di cuenta, hace rato, mientras guardabas tus cosas” Arrastraba las palabras como quien se arrastran los busca-minas de la ONU. “Que tienes un cuadernillo de apuntes personales, uno como librito de pensamientos, poemas y recaditos personales.” Finalmente disparó en busca de otra carcajada, pero desde la más compuesta seriedad. “¿no te parece un tópico ya muy gastado? Yo no confío en los hombres que tienen esos libritos, me parece que guardan secretos, como si se sintiesen importantemente imprescindibles para el universo, y por encima de los simples mortales como para compartir sus pensamientos cuando aún están en bruto, sin haber sido pulidos por la meditación canábica.”

Israel se busco el librillo en el maletín y lo sacó junto con una pluma desechable, y apuntó una nota personal mientras repetía sus palabras en voz alta para que Ofelia le escuchase.

“Nota personal: No confiar en niñas que no tengan secretos y desprecien el poder del THC.”

“Ja. Y además exhibicionista.”

Ofelia se buscó el monedero en el bolso mientras sonreía complacida de haber encontrado, bajo el sol un miércoles de septiembre, a un personaje tan raro.

 “Cínicamente y sin vergüenza, lo admito, soy exhibicionista.”

Ella ignoró el sus palabras mientras pedía su café y calculaba los segundos, para darle tiempo a Israel de pagar y sentirse macho.

“¿Y que clase das? ¿En qué facultad?”

“¿Tan viejo me veo? Que mal, que mal. No doy clases, estoy a mitad de la carrera, letras, en filos.”

El barista le preguntó que bebería a lo que Israel contestó en automático.

 “Expreso corto, ¿Cuánto es?”

“¿De todo o sólo del expreso?”

Ofelia hizo gesto de pagar su café a lo que Israel intervino.

“De todo, ¿Cuánto es?”

El barista sonrió al confirmar sus estadísticas. De diez hombres que llegan acompañados de mujeres a comprar café, seis pagan toda la cuenta, dos se hacen los sordos para que ellas paguen, y siempre hay dos que dividen los gastos, normalmente los gays quienes pagan la cuenta de otros hombres, o se dejan invitar por estos, según sea su capacidad adquisitiva y posición como presas o cazadores. Mientras que tres de cada diez mujeres rechazan la invitación y pagan sus consumos, dos por feministas y una por evitar compromisos. Israel se acababa de convertir en parte del seis por cien de la estadística y notó, como suele pasarle a menudo, que el barista le había calculado, por lo que preparo la autodefensa.

“Serían veintitrés pesos.”

“¿Serían o son?” Israel contemplo el éxito de su ataque, el barista meditó la pregunta mientras releía el tablón de precios y contestó mirando a Ofelia y evadiendo la mirada de Israel.

“Serían veintitrés pesos por favor.”

Ofelia sintió el llamado de auxilio, pero se unió al juego de preguntas, con tono burlón para marcar su neutralidad.

“Señor, serían veintitrés pesos, ándele, pague si va a pagar y vayámonos a terminar la invasión a la privacidad.”

Israel pagó y robó doce popotes para hacer flores de plástico.

“¿Le vas a poner azúcar al expreso?”

“Nou, son para hacerme flores que no mueran.”

Anduvieron por los pasillos de la facultad hacia la salida para encontrar, de ser posible, un sitio donde sentarse a beber y fumar y medirse los temperamentos y las impresiones, si valía la pena habría que repetir, de lo contrario habría que salvar lo que se pudiese de la tarde. Una vez sentados, al lado de los macetones de Ciudad Universitaria, frente al edificio B del Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras, se bañaron de sol mientras el minutero lamía los segundos en su camino hacia la hora mas calida de la tarde.

“¿Ahora me vas a decir que le temer a la muerte? Yo pensaría que uno de filos no puede darse el lujo de temerle a esas cosas, y menos uno de letras. ¿En que colegio estás?”

“No. No es temor a la muerte, es más un pasatiempo poco ecológico. En modernas, en el colegio de modernas.”

“Mmm. Me imaginé. De francesas, ¿Verdad? Te me hacías como de francesas pero quería confirmar. Yo soy de hispánicas.”

“Nou, de inglesas, intentaría francesas, pero todo está en veremos.”

“¿En veremos qué?”

Israel se lo meditó mientras terminaba de vaciar el vaso desechable y apagaba el cigarrillo en el fondo del húmedo cartón. Ella supo que la respuesta tomaría un rato más en lo que el calculaba si contarle de un amor fallido, o de un drama académico o cualquier otra cosa a la que él le estuviese, voluntaria o involuntariamente, dando demasiada importancia. Finalmente Israel respondió.

“En veremos si al terminar esta carrera tengo suficientes flores rojas para el postgrado, o escucho a alguien quien me dijo que los postgrados son para idiotas, aunque creo que la idiota era ella y yo por escucharla.”

Ofelia le tapó la boca con dedo y le dijo con sincera seriedad de quien se ha desencantado.

“No me agradan los niños que se quejan de sus madres, aunque sean las postizas, mejor vuelve agradarme y dime quien es Búfalo.”

“Búfalo era un personaje que mi padre usaba para mantenernos preguntando quien era Búfalo, hasta que un día descubrí.”

Nuevamente Ofelia le interrumpió encerrándole las palabras en la boca con un dedo.

“Ni Ícaro ni Edipo, mejor háblame de vos.”

“Je. ¿Ahora sos argentina?”

Ella sintió que venía otro contraataque por lo que quitó su yugular de en medio y miró el reloj, confirmando que ya era hora para la clase de Israel.

“No. Caprichosa a secas, y ya se le está acabando el tiempo señor.”

“Bueno pues ahora que te que contado, en parte al menos, lo de Búfalo, la próxima vez que nos veamos me contaras con más detalle lo de tu tesis, y yo te contaré sobre la vez que me bañe en salsa boloñesa en el cumpleaños de mi hermano”

“Creí que habías dicho que tenías una hermana.”

“Yup. Somos cuatro, tres niños y una niña.”

“Pues me contarás, te contaré, y nos contaremos a ver cuantos somos en esto de invadir los espacios.”

Ofelia buscó despedirse con un beso, algo cordial y bastante común, pero Israel quien venía siendo kosher desde hacía más de diez años, se apartó con suavidad violenta, o con brusco rechazo según ella.

“Je. Es verdad, no sea que te contamine con mis propias neurosis.”

“No es neurosis, te saludo con el corazón por que te respeto.”

“Na. Me saludas y te despides de lejos por que me tienes miedo.”

Nuevamente ella trato de acercarse, ahora retadora y tentando con la mirada, invitándole a romper sus costumbres, pero Israel, a pesar de ser bastante blando y como ya he mencionado, débil de carácter, también era bastante terco y cuadrado, sobre todo cuando se trataba de dar la mano o tener cualquier contacto, independientemente del sexo o las leyes de su pueblo.

“Venga, pues nos vemos el domingo, frente a las taquillas de la sala a las once de la mañana, pero se puntual, que no me gusta esperar, y por supuesto nadie me deja plantada, al menos no más de una vez.”

“Me parece, no olvides traer una buena historia.”

“¿Traigo la credencial de la fac? ¿O también prefieres estar con los aristócratas, cerca de la orquesta?”

Israel no pudo contener una carcajada que atrajo la atención de una pareja que estaba sentada cerca de ellos, discutiendo si abortaban o si se casaban o si se desentendían de la historia y se retiraban a vivir sus propios sueños.

 

 

 

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